Reflexiones

Hoy no se baila en La La Land

10.30 a.m. Un día de invierno soleado en donde tras varias pedaladas con la bicicleta te desprendes del abrigo. Es de esos días en los que los rayos animan a cualquiera las ganas de comerse el mundo.

Tras comprar escasas tonterías en Walmart, me dispongo a desanclar la bicicleta. Al lado, arrinconado en un hueco de sombra junto al aparcabicis, un hombre de entrada edad seca el sudor de su frente con una camiseta. En principio, sin analizar mucho, me atrevo a pensar que se trata de un mendigo. Sólo me baso en observar sus deportivas desgastadas, su pantalón rozado y sus uñas oscurecidas por la suciedad, cual mecánico recién salido de los bajos de un coche. Tendrá aproximadamente unos 60 años mal envejecidos, y por sus rasgos, me atrevería a decir filipino.

Mientras atino a encontrar las llaves del candado entre alforjas, cascos enredados, y bolsas reciclables, el señor mete la camisa arrugada y húmeda en una pequeña mochila roída, de la cual, como mago y chistera, saca una nueva camiseta azul con el logo del centro comercial. Mientras se incorpora para ponérsela se dirige a mí:

“¡Vaya candado más chulo! Parece bastante bueno”, comenta. Lo miro al principio con un poco de tiento. Pero no, es buena gente. Se ve a los tres primeros segundos marcados de rigor.

“Sí, casi creo que la gente preferirá robar mi candado a mi bici”, le contesto sacándole una breve sonrisa tímida que me da para atisbar que es un buen hombre.

La verdad es que, lo que le dije con respecto a mi candado, no iba en broma. La bicicleta no la robaría ni el mayor jeta de la zona.  No se trata de una fixie moderna, con colores eclécticos, ligera como una pluma y con llantas de papel de fumar. No. La mía es una bici plegable (práctica al menos) de paseo, con unas marchas que vomitan estruendo cada vez que las cambio, y con una potencia de pedaleo octogenaria. Pero oye, rodar, rueda.

“Yo debería comprar un mejor candado para mi bici también, porque no tengo coche”, argumenta con un ligero tono de pena hacia sí mismo. Extrañada, le pregunto: “Pero entonces usted vive cerca ¿no?”.  “No, no…-contesta rápidamente con sonrisa irónica- Este área es demasiado cara para mí. Vengo de un pueblo a dos horas en bicicleta. Aquí en Walmart trabajo por la mañana, luego empalmo otro trabajo por la tarde que está 20 minutos de aquí, y ya de vuelta a casa pedaleo otras dos horas aproximadamente”.

Mis ojos parecen un cuadro de Dalí. Un ciudadano que debiera estar disfrutando de su jubilación recorre más de 4 horas diarias en bici para ganar una miseria, o para no poder permitirse comprar un coche (aunque haya pasado por 5 manos), que aquí es una necesidad casi primaria.

“A ver cuándo ahorro más, pero es que ahora estoy intentando guardar algo para poder volver pronto a ver a mi familia en Filipinas. Hace tiempo que no voy a verlos”.

Espero un violín que atine con el dramatismo de la situación. Un instrumento dramático que repentinamente sea interrumpido por un ritmo alegre, un silbido, un taconeo de claqué, unos figurantes multicolor de ropa y piel. Un Ryan Goslin impoluto, con un cuerpo diseñado para el traje, y esa pinta de chulo irresistible llegando en su reluciente trasto vintage de coche. Una voz grave y firme dirigiéndose a mi compañero de charla diciendo “Here it comes. No more bicycles, man. It is your turn now”.

Pero no. Ni música, ni smoking de Armani, ni mucho menos coche. Tan sólo un pulcro silencio roto por carritos llenos de sodas, cuervos y pajarillos que merodean alrededor en busca de migas, y una motocicleta exhausta trasladando a una señora obesa.

Y es en esos momentos cuando ante el desencanto ni tú mismo sabes qué responder. “Le deseo buena suerte, y un buen día”.  Esperaba que me viniera una palabra ingeniosa digna de novela. Pero eso tampoco llegó. El hombre me devolvió una sonrisa optimista y mochila al hombro, volvió a su rutina diaria.

De vuelta me toca cruzar las vías del tren junto a un río de coches. Justo allí, al lado de las vías, una pequeña calle cercana al parque Rengstorff. La calzada estrecha adornada con decenas de autocaravanas que no disfrutan de un camping, sino simplemente de una casa con ruedas.

Allí es donde deberían vivir los personajes de Woody Allen. Porque en Estados Unidos, un escritor o comediante con las musas en huelga vive en un piso comunal, en una caravana o en casa de un amigo. No vive en ningún loft individual en pleno SOHO. Eso resulta prácticamente inalcanzable para una clase media trabajadora.

Y es cuando piensas que el sueño americano se ha quedado aletargado en las películas de emigración, dónde mareas de gente entraban invitados a una nueva aventura. Ahora eso se ha sustituido por eterno papeleo, en donde no llegas de turista y besas el santo de la población activa. La cosa ya no va así desde hace mucho tiempo. Pero los directores en Hollywood parece que eluden el tramo de aduanas, los visados, y las políticas migratorias en todas escenas de aeropuerto. Así pasa, que luego tus compatriotas se creen que cruzar el charco es un juego de recreo con obstáculos mínimos.

Recuerdo hace unos años andando por el paseo de la Fama, el glamour escondido para no salir, los múltiples mendigos de colillas o peniques, los artistas callejeros disfrazados de superhéroes trasnochados, y lo que más me dolió, las estrellas de diversos actores para mí sobresalientes empolvadas en marcas de suela. Al menos ayer, tras la ceremonia de los Óscar, la humanización de un error superó al marketing exacerbado. Al menos en algún momento nos ayudó a ver que todo no es magia.

Y es en este tipo de momentos en los que debemos recordar que Estados Unidos es una fábrica de crear y vender sueños. Justa e ilusionante en múltiples aspectos, pero injusta en todo lo relacionado a lo socialmente digno en un país desarrollado, a pesar del trabajo de mucha gente solidaria. Porque el sueño americano ya solo está reservado a un selecto club. Y para el resto, con ligeras cabezadas basta. Que no es cuestión de explotar al tío Sam.

English version 

 It is not time to dance in La La Land

10.30 a.m. A sunny winter day where after pedaling one street you take off your coat. It is this kind of days when the rays encourage anyone to take the world by storm.

After buying a few nonsense items at Walmart, I’m about to unlock the bike. Beside it, cornered in a shade hollow next to the bicycle, an old man dry the sweat of his brow with a T-shirt. At the beginning, without much analysis, I dare to think that it is a beggar. I am only observing his worn out sneakers, his polished trousers and his nails obscured by dirt, like a mechanic showing up from the bottom of a car. He will be roughly 60 years old, and for his features, I would say Filipino.

While I’m trying to find the keys of the padlock between saddlebags, tangled helmets, and recyclable bags, the gentleman puts his wrinkled, damp shirt in a small, gutted backpack, from which, as a magician and a hat, he pulls out a new blue shirt with the logo of the supermarket chain. As he stands up to put it on, he goes to me: “Cool lock! It looks pretty good, “he says. I analyze the situation at first with caution. But no, he’s good people. You see that according to the rule of  the first three seconds.

“Yes, I almost think that people will prefer to steal my lock instead of my bike,” I reply, taking from him a brief timid smile that gives me definitively the sign that I´m in front of a sensible man.

The fact is that I was not joking about my lock. The bike would not be even stolen by the most poor and nervy guy around Bay Area. It is not a modern fixie, with eclectic colors, light as feather and with cigarette paper rims. No, it is not. Mine is a folding bike (practice at least) with marches that vomit rumble each time you change, and with an octogenarian pedaling power. But hey, it rolls. That is the point.

“I should buy a better padlock for my bike too, because I do not have a car,” he argues with a slight tone of grief toward himself. Strangely, I ask him: “But then you live close, don’t you?” “No, no …” he answers quickly with a wry smile. “This area is too expensive for me. I come from a village two hours biking. Here at Walmart I work in the morning, then I get another job in the afternoon that is 20 minutes from here, and on my way back home I ride another two hours or so. ”

My eyes look like a Dali’s picture. A citizen who should be enjoying his retirement rides more than 4 hours a day by bike to earn a misery, or to not be able to afford to buy a car (even if it has passed through 5 hands), when here is an almost primary need. “Let’s see if I can save more, but now I am trying to save something so that I can return to see my family in the Philippines soon. I have not seen them in a long time”, he said.  I expect a violin that matches the drama of the situation. A dramatic instrument that is suddenly interrupted by a cheerful rhythm, a whistle, a clapping of tapers, and colorful extras of clothing and skin. An unpolluted Ryan Goslin, with a body designed for the suit, and that pint of irresistible Casanova arriving in his gleaming vintage and old car. A low, steady voice addressing my talk-partner, “Here it comes. No more bicycles, man. It’s your turn now. ”

But no. No music, no Armani tuxedo, no car at all. Just a neat silence broken by carts full of sodas, crows and birds that lurk around for crumbs, and a motorcycle exhausted moving an obese lady. And it is in those moments when, before disenchantment, you do not know what to answer. “I wish you good luck, and have a good day.” I was hoping for a witty word worthy of a novel. But that did not come either. The man returned an optimistic smile and backpack on his shoulder, returned to his daily routine.

Back I got to cross the train tracks next to a river of cars. Right there, by the side of the tracks, a small street near Rengstorff Park. The narrow road adorned with dozens of RVs that do not enjoy a camping, but simply a house with wheels.

That’s where the Woody Allen characters should live. Because in the United States, a writer or comedian with the muses on strike lives in a communal floor, in a caravan or at a friend’s house. He does not live in any single loft in the middle of SOHO. That is virtually unattainable for a working middle class.

And it is when you think that the American dream has been lethargic in the films about first emigration movement, where streams of people entered invited to a new adventure. With hardship and difficulties, but invited.

Now that has been replaced by eternal paperwork, where you do not arrive as a tourist and you are part directly of the active population. It has not been that way for a long time. But Hollywood directors seem to be circumventing the customs, visa issues, and immigration policy in every airport scene. That is what make my countrymen to think that crossing the Ocean is a recreational game with minimal obstacles.

I remember few years ago walking through the Walk of Fame, the glamour hidden for not going out, the multiple beggars of butts or pennies, the street performers disguised as stunned superheroes, and what hurt me most, the stars of various outstanding actors of my childhood powdered in sole marks. At least yesterday, after Oscar’s ceremony, the humanization of a mistake overcame exacerbated marketing. At least at some point it helped us to see that not all is magic.

And it is in this kind of moments that we must remember that the United States is a factory to create and sell dreams. Fair and exciting in many aspects, but unfair in everything related to the social dignity in a developed country, despite the efforts of solidary people. Because the American dream is only reserved for a select club. For the rest, slight nods are enough. Just to prevent exploiting Uncle Sam.

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