Reflexiones

Del DMV, el respeto y el complejo de emigrante

“I didn’t pass the test. But I’m gonna tell you one thing. You have an examiner that is a jerk. A completely jerk*”. Así acabamos la última vez que pisé el DMV, o lo que es lo mismo, la DGT americana. No me echaron a patadas. Y no, esa frase shakespeariana no salió de mi boca. Salió de la furia inaudita de mi amiga Germana.

Por el contexto, suponéis que suspendió su examen de conducir.

Yo en ese momento me escondía avergonzada detrás de ella. Menuda, encorvada cual niño de cuatro años enmarañado en las piernas de su madre.

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La verdad es que 30 minutos antes ya sabía que la cosa acabaría mal al atisbar a su examinadora aproximándose a nuestro coche: una señora bajita, gruesa, con el rostro amargo de una entrenadora de halterofilia rusa.

Dicha mujer examinó a Diego meses atrás con un mismo trágico final salvo que, en este caso, él se desahogó de vuelta a casa, y no con el recepcionista del DMV…

Una vez fuera de las oficinas, me crecí y recriminé a Germana su actitud apoyándome en mi mayor experiencia de emigrante, como si fuera a todas horas con un uniforme condecorado.

“¡Última vez que haces eso! ¡No te das cuenta que te puede traer consecuencias! ¡Igual ahora ya no te sacas el carné de por vida!”, le espeté exageradamente.

Sin embargo, ella me sonrío relajada y a poco se marca una samba (procede de Brasil). Vamos, que no le influí ni media.

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Un complejo que al menos se anida un año

A la mañana siguiente reviví otra vez la experiencia en mi mente y no pude sino reir hasta llorar. Ese estado de gracia pasó enseguida a una frustración rabiosa al darme cuenta de algo más serio. Sufría de complejo de emigrante.

Se trata de un estado de inferioridad y miedo permanente que se acopla en tu mente al menos durante el primer año de estancia americana. No es un problema del país de acogida, es un problema 100% tuyo.

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Las razones son múltiples. Desde las diferencias culturales hasta las posibles experiencias traumáticas, pasando por una lengua a depurar, una burocracia enrevesada, así como una concepción “idílica” de Estados Unidos de la que queremos formar parte más pronto que tarde.

El contexto a veces no ayuda. “Paga el alquiler a día 5 o te denuncio”, “no fotografíes las cocinas de la empresa o te empuro” (verídico), “mantén una corrección de Lord inglés” o “da tu correspondiente propina si no quieres armar una tragedia griega en el bar”.

Todo ello crea una situación de indefensión, miedo y sumisión en el recién llegado. El replicar se vuelve de osados, el posible error duplica sus consecuencias a nuestros ojos, y el decir tu opinión se lleva con precaución ya que, al fin y al cabo, eres un invitado.

En definitiva, tienes miedo hasta de ser tú mismo. De reivindicar, de cometer fallos, de ser humano. Y así, sin comerlo ni beberlo, el emigrante se convierte en América en el ciudadano ejemplar que todo país desearía.

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Mi tratamiento como emigrante en rehabilitación

Creo que ya lo estoy empezando a superar tras dos años en el país. No he necesitado psicólogo ni marihuana (aquí los pudientes funcionan con eso). Tan sólo una terapia grupal con esta última parte del post.

He aquí que incremento los “ansiolíticos” en cada párrafo y vuelvo a la examinadora del DMV de la oficina de Santa Clara.

Nunca se me ocurriría reivindicar cual rabieta infantil, pero sí denunciar una incorrección acompañada de gritos, unos juicios con los que jubilaría a Mejide, y un resultado fijado ya de antemano. Estoy segura que mis cercanos no han sido las últimas víctimas.

Pero ella tampoco estaba sola, sino que en DMV de Santa Clara cuenta también con su pareja de baile. Un portugués (sí, portugués…) del que Diego tuvo que oír en otro examen práctico: “Mira, ese será también de España porque aparca ahí y tan campante”, o lo que aún es peor… “No sé por qué dices que en España las reglas de circulación son diferentes, cuando son universales”, replica a Diego a pesar de equivocarse él, ya que si fueran universales no tendría que estar examinándose. “Pero claro, qué esperar de alguien que viene en un país en donde aún hay corridas de toros”, finaliza.

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Ese portugués tuvo una novia española que lo dejó… Seguro…

En España la reacción de Diego igual hubiera sido objeto de un titular de periódico, pero aquí sólo pudo contener una risa nerviosa hasta que pasó su examen. Otra vez, el complejo de emigrante en acción.

Reacción en América VS…

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…VS reacción en España

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Me ha llevado su tiempo asumir que hay situaciones ilógicas que no tienen explicación cultural o malinterpretación lingüística que las sostenga. Diferencia cultural es eructar o no en una comida para mostrar respeto, por ejemplo. Problema lingüístico es decir “prostituta (bitch)” en lugar de “playa (beach)”, aunque eso he de reconocer que puede acarrear problemas…

Tampoco estamos hablando de casos de aversión al emigrante. No es este el caso. Es bien sabido que el DMV no es precisamente la institución más querida entre los americanos por su lema funcionarial “vuelva usted mañana”.

Estamos hablando de mí (y quizá de ti), emigrante español primerizo, y del trabajo que lleva quitarse la losa que a veces machaca tu dignidad, una dignidad que tarde o temprano vuelve. Así que, sí, Germana, sí eran unos “JERKS”, pero “jerkíiiisimoss”.

Bua, ¡qué alivio!

 

 

* “No aprobé el examen, pero le diré algo: Tiene una examinadora que es una gilipollas. Una auténtica gilipollas”.

 (English version) 

About DMV, respect and the complex of immigrant

“I did not pass the test. But I’m gonna tell you one thing. You have an examiner that is a jerk. A completely jerk”. That was the last time I stepped on the DMV (Department of Motor Vehicles). They did not kick me out. And no, that Shakespearean phrase did not come out of my mouth. It came out of the unprecedented fury of my friend Germana.

Because of the context, you assume that she did not pass her driving test.

I was hiding behind her at that moment. Becoming smaller, stooped like a four-year-old girl tangled in her mother’s legs.

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To be honest,  30 minutes before the test, I knew that this would end badly when I  saw the examiner approaching toward our car: a short, stocky lady with the bitter face of a Russian weightlifting coach.

This woman examined Diego months ago with the same tragic ending except that, in that case, he vented back home, and not with the DMV receptionist …

Once outside the offices, I grew and reproached Germana for her attitude. I had more experience as an emigrant, as if I was wearing a decorated uniform at all times. “Last time you do that! You do not realize that it can bring consequences! Mayb now you do not get your card for life!”, I snapped exaggeratedly.

However, she smiled at me so relaxed that she almost  starts to dance samba (she comes from Brazil). Let´s say, that my reprimand did not work at all.

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A complex that at least makes its home for a year

The next morning I relived the experience in my mind again and I could not help laughing until I cried. That state of grace soon passed into raging frustration as I realized something more serious. I suffered from emigrant complex.

It is a state of permanent inferiority and fear that fits in your mind at least during the first year of your American stay. It is not a problem of the host country, it is a problem 100% yours.

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The reasons are multiple. From cultural differences to possible traumatic experiences, passing through a language to refine, a convoluted bureaucracy, as well as an “idyllic” conception of the United States which we want to be part of sooner rather than later.

Context sometimes does not help. “Pay the rent on day 5 or I sue you”, “do not photograph the kitchens of the company or you will face the music”, “keep English Lord’s manners” or “give your corresponding tip if you do not want to play a Greek tragedy in the bar”.

All this creates a situation of helplessness, fear and submission in the newcomer. Replicating becomes daring, the possible error duplicates its consequences in our eyes, and saying your opinion is carried with caution because, after all, you are a guest.

In short, you are afraid of being yourself. To claim, to make mistakes, to be human. And so, the immigrant becomes in America as the exemplary citizen that every country would want.

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My treatment as a migrant in rehab

I am starting to get over it after two years in the country. I have not needed a psychologist or marijuana (here the well-off work well with that…) Just a group therapy with this last part of the post.

Here I increase the “anxiolytics” in each paragraph and return to the DMV examiner in the Santa Clara office.

I would not dare to vindicate like a child’s tantrum, but to denounce an impropriety accompanied by shouting, some prejudice worthy of Gordon Ramsay, and a test result already fixed in advance. I’m sure my family and friends have not been the last victims.

But she was not alone either, but at DMV she also has her “dancing partner” at DMV Santa Clara. A Portuguese (yes, Portuguese …) from which Diego had to hear this:

– “Look, that will also be from Spain because he parked there and nothing happenes”, or what is even worse … “I do not know why you say that in Spain traffic rules are different when they are universal”, he replies to Diego despite he was wrong because it is obvious that there are differences. “But of course, what to expect from someone who comes from a country where there are still bullfights,” he concludes.

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That Portuguese had a Spanish girlfriend who broke up with him … Sure …

In Spain, Diego’s reaction would have been subject to a newspaper headline, but here he could only contain a nervous laugh until he passed his exam. Again, the emigrant complex in action.

Reaction in America VS …

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… Reaction in Spain

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It took me a while to assume that there are illogical situations that have no cultural explanation or linguistic misinterpretation to sustain them. Cultural difference is to burp or not in a meal to show respect, for example. Linguistic problem is to say “prostitute” instead if “beach”. But not this.

I have to point out that we are not talking about cases of aversion to the emigrant. This is not that case. It is well known that the DMV is not precisely the institution most loved among Americans for its official motto “this is not the right line. Line up again in that one.”

We are talking about me (and maybe you), a first-time Spanish emigrant, and the effort to move the stone that sometimes crushes your dignity, a dignity that sooner or later will return. So, no Germana, they were not “JERKS”, they were “unbelievably JERKS.”

Owww, what a relief!

 

 

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