Carne de hemeroteca

El misterioso español que pretendía asesinar al gobernador Budd

Carne de hemeroteca es una sección del blog que trata noticias de periódicos californianos relacionadas con España. Su intención es descubrir historias, personajes o contextos de nuestro país a través de la prensa americana.

This is a blog’s section that treats Californian new items related to Spain. The purpose is to find out stories, characters and context of our country through the American press. 

Periódico/ Newspaper: The San Francisco Call

Date: Mayo de 1898-May 1898

Mendoto, Mendoza o Mendeta. Esos eran los tres posibles nombres a los que atiende el sospechoso que aparece en el dibujo de la foto, un misterioso español que puso en alerta a todos los americanos allá por 1898…

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La historia comienza en un tren procedente de Santa Fe en dirección a San Francisco y el testimonio de HB Stewart, su maquinista. Al parecer éste oyó una conversación en la que tres españoles conspiraban sobre cómo matar al gobernador James Budd, uno de los personajes políticos más reputados en aquel momento en California. Al parecer, se trataba de un político que últimamente realizó manifestaciones bastante anti-españolistas, y lo más importante, no llevaba guardaespaldas.

Aquí no quedaba el tema. Tras observar las pautas de comportamiento de nuestros tres compatriotas, todo parecía indicar que también planeaban volar por los aires una de las fábricas de dinamita más importantes al norte de San Francisco. Más concretamente en Pinole, condado de Contra Costa.

Había que ser cautos y vigilar a cualquier hispanohablante que compartiera rasgos con el hombre del periódico, máxime si se localizaba en las inmediaciones de la fábrica y teniendo en cuenta que, poco tiempo atrás, sospechosamente otra fábrica en Santa Cruz ardió en llamas.

Especulemos por si acaso…

El testimonio de HB Stewart no fue el único. Al parecer, mientras dos de los españoles continuaron su camino a San Francisco en el tren, nuestro misterioso español se apeó en Pinole, y ya fueron varios los testigos que pudieron localizarlo en diferentes y sospechosos emplazamientos.

El segundo testigo fue John Wilson, trabajador de la fábrica, el cual lo espió en un nuevo trayecto de tren, escuchándole preguntar a otros pasajeros acerca de la instalación, su horario de apertura, las horas exactas en las que pasaba el tren…; el tercer testimonio sería el de John Berminsrham, superintendente asistente de los trabajos en la fábrica, el cual declaró pillarlo con las manos en la masa dentro de la misma.

  • “¿Qué hace aquí?”
  • “Estoy buscando a mi amigo Mendoza”

Al parecer era un amigo portugués que trabajó en la compañía, pero casualmente hacía años que volvió a la gran ciudad para emprender su futuro, por lo que el argumento no resultó muy convincente. En esos años, todo hispanohablante o similar, como mejicanos y portugueses, podían ser compinches de españoles conspiradores.

No obstante, y para evitar correr riesgos, las autoridades de la zona ya habían puesto medidas de vallado alrededor de la fábrica, con señales disuasorias evitando la entrada, y un seguimiento escrupuloso del caso.

Malditos españoles…

Pero, ¿cuál era la razón por la que unos españoles planeaban matar a un gobernador californiano y hacer volar una fábrica de pólvora? La razón, verdadera o falsa, la encontramos en el mes y año del periódico: mayo de 1898.

Pleno conflicto hispano-americano por Cuba. Estados Unidos, en pleno proceso expansionista, acusa a España de volar por los aires su barco Maine, tras un periodo de tensiones constantes entre ambos países.

Lo que dudosamente fue un ataque de España premeditado y “traidor” (hasta en la guerra hay protocolos) resultó ser bien aprovechado por la prensa del momento. Especialmente por el rey del periodismo sensacionalista americano William Randolph Hearst.

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Viñeta de “The Herald” de abril de 1898. “Disparo al español”. En ella Tío Sam (EEUU) simula emplear una cámara fotográfica (en realidad un cañón) para “retratar” a un español. Este último, con vestimenta tradicional, permanece expectante a la foto mientras mira un cartel que refleja el hundimiento del Maine y una frase indicando “Mira allí y pon buena cara”. 

El ejemplar del que hablo hoy, San Francisco Call, por entonces no pertenecía a su grupo (aunque sí posteriormente), pero las tendencias amarillistas de este hombre de negocios contagiaron como la lepra al resto de periódicos en la guerra de ver quién vende mayor tirada. Y es que el miedo siempre ha vendido más que el bienestar.

Así, es muy común indagar en la hemeroteca de estos años y encontrar constantes alusiones negativas a la presión de España hacia Cuba, con tiras críticas e informaciones con clara tendencia al odio, como supongo que pasaría inversamente en España.

Ante semejante percal, no es de extrañar que el acento español oliera a chamusquina entre los ciudadanos californianos (y estadounidenses en general), y que el andar por las calles de San Francisco presumiendo del castellano tuviera su riesgo por entonces.

Quizá lo que olía a cuerno quemado era la información…

Es precisamente esta confusión y caos histórico lo que no nos permite seguir el rastro del misterioso español. De si se trata de un personaje ficticio, un conspirador en potencia tras las acusaciones del Maine, o simplemente un “españolito” sin mala fe en el sitio y momento incorrecto.

Lo que estaba claro es que las explosiones de pólvora se encontraban a la orden del día. Primero en la fábrica de Santa Cruz, después en San Francisco, y posteriormente en Pinole, emplazamiento más adecuado al encontrarse por entonces lejos de núcleos urbanos. Así, la idea de un acto terrorista, en vez de un problema en la manipulación química, podría resultar relativamente creíble en periodos tan paranoicos como en aquella época.

En posteriores ediciones del periódico nada se supo. El misterioso español desapareció como la espuma. La fábrica sufrió sus habituales accidentes, en su mayoría asociados al fallo humano, y el gobernador Budd moriría casi dos décadas después por causas naturales.

Ahí nos queda la duda de si el protagonista de esta historia se resguardó en casas ajenas de amigos o huyó del Estado o país, si realmente llegó a planear lo que la prensa especuló, o si simplemente se quedará en nuestro imaginario histórico como “aquel misterioso español”.

Descarga el pdf para ver la noticia The misterious spaniard

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(English version)

This post begins with the story of three Spaniards on a train, a conspiracy to murder a governor in California, and an attempt to blow up one of the gunpowder factories near San Francisco.

The mysterious Spaniard who tried to assassinate Governor Budd

Mendoto, Mendoza or Mendeta. Those were the three possible names for the suspect that alerted all the Americans by 1898. He was a misterious Spaniard as you can see in the drawing of this newspaper.

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The story begins on a train from Santa Fe to San Francisco and the testimony of HB Stewart, its brakeman. He apparently heard a conversation in which three Spaniards plotted how to kill Governor James Budd, one of the most reputed political figures at that time in California. Apparently, it was a politician who lately made quite anti-Spanish demonstrations, and most importantly, he did not use bodyguards.

This wasn’t the only thing. After observing the behavior patterns of our three Spaniards, it seemed that they wanted to blow up one of the most important dynamite factories north of San Francisco More concretely in Pinole, county of Contra Costa.

One had to be cautious and watch over any Spanish speaker who shared features with the man drawn in the newspaper, especially if he was located in the vicinity of the factory and bearing in mind that, a short time ago, suspiciously another factory in Santa Cruz burned in flames.

Let’s speculate, just in case…

The testimony of HB Stewart was not the only one. Apparently, while two of the Spaniards continued their way to San Francisco on the train, our mysterious Spaniard got off at Pinole, and several witnesses were already able to spot him in different and suspicious locations. The second witness was John Wilson, a factory worker, who spied on a new train ride, listening to him ask other passengers about the facility, its opening hours, the exact hours the train passed; The third testimony would be John Berminsrham, assistant superintendent of works at the factory, who claimed to catch him red-handed around the powder works.  – “What are you doing here?”, Berminsrham asked. –  “I’m looking for my friend Mendoza”, the Spaniard replied.  Apparently he was asking about a Portuguese friend who worked in the company, but casually years ago he returned to the big city to start a new life, so the argument was not very convincing. In those years, all Spanish speakers or similar, like Mexicans or Portuguese, could be accomplices of Spanish conspirators. However, in order to avoid taking risks, local authorities had already put fencing measures around the factory, with deterrent signs preventing entry, and scrupulous monitoring of the case.

Damn Spaniards …

But what was the reason why some Spaniards planned to kill a California governor and blow up a gunpowder factory?

The reason, true or false, is found in the month and year of the newspaper: May 1989. Spanish-American conflict over Cuba.

The United States, in the midst of an expansionary process, accuses Spain of blowing up its ship, Maine, after a period of constant tensions between two countries.What was doubtless a premeditated attack from the “traitor” Spain (even in the war there are protocols) proved to be well used by the press that years. Especially by the king of American tabloid journalism William Randolph Hearst.

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“The Herald”, april of 1898.

The copy I speak today, San Francisco Call, at that time did not belong to his group (although it will belong later), but the yellowish tendencies of this businessman infected like the leprosy to the rest of newspapers in the war of who sells greater print run. And fear has always sold more than  well-being.

Thus, it is very common to investigate in the newspaper library of these years and find constant negative allusions to the pressure of Spain towards Cuba, with critical drawings and information with a clear tendency to anger, as I suppose it would happen inversely in Spain. With this full picture, it is not surprising that Spanish accent smelled weird among Californian citizens (and Americans in general), and that walking in the streets of San Francisco presuming being Castilian had its risk at the time. 

Maybe what smelled bad was the information …

It is precisely this confusion and historical chaos that does not allow us to follow the track of the mysterious Spanish. Either it was a fictitious character, a potential conspirator after the accusations of Maine, or just simply a “Spaniard” without bad faith in the wrong place and moment.

What was clear was that the explosions of gunpowder were very often. First in the factory of Santa Cruz, later in San Francisco, and after that, in Pinole, more suitable place to be by then far from urban nuclei.

Thus, the idea of ​​a terrorist act, rather than a problem in chemical manipulation, could be relatively credible in periods as paranoid as at that time.

In next editions of the newspaper nothing was known. The mysterious Spanish disappeared like foam. The factory suffered its usual accidents, mostly associated with human failure, and Governor Budd would die almost two decades later for natural causes.

There we have the doubt of whether the protagonist of this story was sheltered in other people’s homes or run way from the state or country, if he really came to plan what the press speculated, or whether it will simply remain in our historical imaginary as “that mysterious Spaniard”.

Download pdf to read full new item The misterious spaniard

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